Realizada en febrero de 1999. Bioy Casares murió el 8 de marzo del mismo año.
Si sentimos con Kafka, que un libro es un pico de hielo
que rompe el mar congelado que tenemos dentro, habremos hallado una de las claves
del placer estético. Entonces el arte será el recreo de la lucidez,
como en nuestro Adolfo Bioy Casares (C.C.).
La palabra escrita con arte en libros que nos enriquecen. La literatura que
en esta cotidianeidad nuestra tan avara para el espíritu, es una señal.
Señal de la vitalidad del hecho estético. Señal de que
hay varias maneras de expresar las cosas: con palabras sin alas y lenguaje indigente,
o con arte. Señal de que los aires de fin de siglo no están tan
viciados, como para que el resplandor artístico no los penetre.
Pharmaceutria, de Teócrito, data de
principios del siglo III antes de Cristo y es el primer gran poema de amor que
conoció la humanidad. Es un ardoroso monólogo de Simetha, dolorida
por el abandono de Delfis: entrega y odio, desesperación y confianza,
aletean en esos versos. Fueron un suceso para las letras por mérito de
Teócrito; y para la historia, por las características que -gracias
a la gran creación del período helenístico- tenía
la sociedad griega de entonces.
En nuestra sociedad y en estos tiempos, la poesía -y la buena literatura-
parecen a veces patrimonio de elites. Pero no. Los libros son para todos aquellos,
capaces de sentir sed. Generosos, nos dan una visión del mundo y pueden
ser más sagaces que la inteligencia. Transforman la realidad porque le
sacan la pátina opaca y revelan anhelo de una vida trascendente. Son
ventanas, porque el conocimiento es luz. Como el arte -hablo de aquellos que
lo son- como el amor o la religión, son un camino para la grandeza humana.
Y se explica: nos ofrecen algo que nadie pidió pero de lo cual -si se
le da lugar- no se puede prescindir
¿Un día será best seller sólo la literatura noble?
Quizás la pretensión debería ser más modesta. Por
ejemplo, que los buenos escritores no sean sólo una estampita escolar
o un nombre en los suplementos de cultura de los diarios. Y que no dejemos que
las urgencias nos quiten el sueño -de noche- y los sueños, de
día: para hacerle un lugar. Y para que -como escribió Oliverio
Girando- la vida no sea un largo embrutecimiento.
Para que la costumbre no nos teja diariamente una telaraña en las pupilas,
de manera que -aunque los mosquitos vuelen tocando las cornetas- carezcamos
del coraje de llamarlos arcángeles. Para que la letra impresa
con contenidos y calidad nos ayude a ver. La vida (Cristina Castello)
- ¿Se escribe para entender la vida?
- Se escribe por un impulso un poco ciego, pero puede ayudar
como la luz.
Mire cómo entra por esa ventana (señala el sol que se cuela en
nuestra charla)
es un bálsamo: una de las bellezas más intensas.
- La belleza no es fácil y hay que acecharla:
sin tregua en su búsqueda, ni en su espera. Entonces puede surgir, como
una revelación, ¿no?
- Usted lo ha dicho. Sin embargo, en mis primeras obras ignoraba esto y las
hacía como una construcción matemática, para ampararme
tras ella. Así me fue: (sonríe) son horrorosas. Después
entendí que uno aprende a escribir cada texto, como si fuera la primera
vez y
.(cómplice) acechando la belleza, como usted dice.
- ¿Con alegría?
- En mi caso, la alegría llega cuando se me ocurre una historia
¡ah!
eso
es una especie de prodigio. Pero la primera página me resulta muy difícil:
no puedo pasar de un párrafo a otro, ni terminarla, sin sobresaltos
.siempre
hay que empezar de nuevo.
- Y en empezar -no en recomenzar- todos los días,
está uno de los secretos de la juventud. Como si dijéramos: hoy
nazco.
- Eso es extraordinario
es el mismo efecto de la luz, ¿no? Yo he
pensado (no es trágico, sólo reflexiona) que uno de los inimaginables
horrores de la muerte debe ser la oscuridad
como decía usted: no
poder nacer ese día.
- ¿La vida da su savia a la literatura o ésta
a la vida?
- Yo aprovecho la realidad para contar historias, pero no se me ocurre que literatura
y vida sean cosas diferentes.
- Pero el arte -la literatura lo es- quita vulgaridad
a la condición humana
- Sí, cuando hace apreciaciones inteligentes que nosotros (se ubica como
lector) no habíamos hecho y que agradecemos, porque nos enriquece.
- ¿Cuando nos dice palabras que no habíamos
escuchado, y que -sin los artistas- no hubiéramos pronunciado?
- Desde luego, palabras que son gratas a todos.
- ¿Y por qué leemos?
- Creo que agregamos un cuarto más a la casa en que vivimos. Quiero decir:
gracias a lo que nos dicen los libros, vamos teniendo varias conciencias e imaginaciones,
y no las únicas que tendríamos si sólo estuviéramos
inventando cosas.
- Pero el prestigio de cada obra suele depender del
juicio de los demás: para Leonardo, La Gioconda era una obra inconclusa
- Sí, y está bien porque uno escribe o pinta para los demás.
- Sin embargo, ¿hasta qué punto la aprobación
general define -con justicia- lo que es bueno o no?
- Claro
no es suficiente. Tiene que haber algo en un artista,
que haga que su trabajo esté dentro de los cánones que lo ajustan
y lo hacen posible.
- ¿Y en su caso, qué es ese algo?
- (Con dulzura) No sé, debe ser el Niño Pepito, el amigo imaginario
que tuve de chico
dicen que ayuda a llevar bien la vida, ¿no?
- Comúnmente se valora lo decorativo y de fácil
consumo: lo antiartístico. Según Cézzane, el objetivo sería
-en cambio- tratar de lograr la perfección, sólo por el placer
de la verdad y la sabiduría, ¿coincide con él?
- Sí, pero yo en realidad trato de hacerle grata la vida al lector, aunque
sea por un ratito. Para eso, me ayudan las historias que la imaginación
me cuenta y que después escribo despacio y muy laboriosamente.
- ¿Es difícil no rendirse a la facilidad,
para buscar la excelencia?
- No sé
pero aceptar y entregarse a la facilidad no conviene. Yo
lucho contra eso y por suerte, cada vez escribo con más dificultad: corrijo
y siento que encamino los textos, pero siempre sigo encontrando estupideces.
- La idea es apuntar a lo sustancial y expresarlo
con belleza, ¿no?
- Sí, pero para conseguirlo, no hay una receta: depende de la inteligencia
y sensibilidad de cada autor.
- Y quizás de la humildad. Cuando Ingres tenía
ochenta y seis años, le preguntaron por qué dibujaba un fragmento
de Giotto y él contestó: para aprender
- Tenía razón
en cambio, los que se sienten triunfadores,
se ponen vanidosos por cualquier conquista: no me gustan.
- Algunos artistas se enamoran de sí mismos,
¿cómo preservarse de ese riesgo?
- No sé
(con simplicidad) pero yo no tengo esa tendencia. En todo
caso es al revés: para poder escribir mejor, trato de ser mejor persona
un
mejor obrero de textos.
- ¿Y cómo evita la tentación
de repetirse?
- Es una pregunta que seguiré pensando, (cortés) aún concluida
esta entrevista. Pero
me parece que es más importante leer que escribir;
y yo siempre estoy preocupado por eso: para descubrir cosas nuevas. Ahora
si
todo lo que escribí es un solo texto y pura repetición
¡qué
le vamos a hacer!
- En el proceso de creación, ¿qué
importancia da al contenido y a la forma?
- Primero apunto al contenido: trato de entenderlo y después, de hacerlo
agradable. Suprimo los amontonamientos de eses
que son la serpiente
en el jardín del poeta y dan un sonido sucio. ¿Sabe?
(con
ternura) no ponerlas, es un acto de buena educación. También lo
es, no juntar las y griegas con las elles, o tantas
palabras que empiezan con a y hacen a
a. Vea
(como
si viera algo antiestético) es tan feo el sonido, que casi no puedo reproducirlo.
- ¿Entonces son los textos propios los que
enseñan la belleza, porque se aprende mientras se trabaja?
- Bueno
es que en eso, los artistas somos unos chambones: nadie hace un
libro que explique estas cosas
¡y ni me hable de eñes
y elles cuando están cerca. ¡Ah¡
y para
la prosa (como un maestro, humilde) tenga usted cuidado de que sus textos no
sean una sucesión de endecasílabos o de octasílabos, como
la poesía más elemental en español, como la de Fray Mocho.
- Está definiendo el misterio del ritmo en
poesía, pero escribió pocos poemas
- Es verdad, porque mi mente me suministra historias fantásticas, pero
no poesía. Sin embargo, le doy el lugar más alto y sé que
es la experiencia más intensa. Pero además (con ternura y picardía)
¿estar
cerca del ser femenino, no es lo más poético del mundo?
- ¿Las mujeres son sinónimo de belleza?
- Sí, y de reprimenda, porque cada vez que hablo de ellas, amigas mías
me retan: me dicen que no me ponga en ridículo.
- Quizás alguna que amó se siente humillada,
cuando se entera de las otras
- (Ríe con inocencia) ¡Ah
ojalá!
Eso sería
muy bueno, pero no
no es el caso.
- ¿Elena Garro fue para usted ese
amor, que es respuesta a la gran pregunta de la vida?
- No puedo contestarle (lo desea, pero se contiene) porque otras amigas se enojarán,
pero
sí, estuve perdidamente enamorado de ella.
- ¿Cómo son las mujeres que lo enamoran?
- Mire, la vida lo jubila a uno, pero no pierdo de vista (con regocijo) que
la fertilidad del mundo en mujeres lindas, es muy grande.
- ¿Sensible, inteligente, con vida interior,
refinada, sencilla y
?
- Bueno, mi deseo es mucho más moderado pero
por lo menos que no
desmienta la armonía de todos esos valores. Aunque
por favor querida,
no se moleste pero
mis amigas son muy celosas.
- Está bien, ¿qué lugar ocupan
los sueños, en su escritura?
- Hasta el año 40 escribía lo que soñaba por la noche,
pero aquellos libros fueron muy estúpidos (ríe). ¿Y sabe
por qué?
porque la intensidad de ciertos momentos del sueño,
engaña: cuando uno lo cuenta a otro, la historia se desvanece.
- ¿Y los sueños de día ayudan
en la creación?
- Ah
(de nuevo es el maestro que muestra el camino, modesto) maneje usted
con sensatez sus day dreams: son una creación placentera, pero estéril
a la hora de escribir. Desde luego, a mí -cuando era chico- me preocupaban,
pero ya no podría pasarme: al tiempo que me queda, quiero invertirlo
en contar otras cosas. Y
(confidente) mire, mientras esperaba que usted
llegara, sacaba la cuenta: tengo ochenta y cuatro años y si los multiplico
por dos, da ciento sesenta y ocho
¡tal vez entonces, escriba mejor!
- ¿Siempre con su tinta azul?
- Sí, no quiero gastar tiempo en aprender a manejar una computadora
déjeme
que siga son mi tinta azul.
- ¿Es para usted uno de esos objetos
felices de que hablaba Goethe?
- Sí, y mis lapiceras están de acuerdo conmigo: cuando les pongo
tinta negra, se tapan.
- ¿Qué otros objetos felices le son
propios?
- No sé si llamarlos objetos, pero encuentro que el mar es poético;
y me atrae ese algo decadente que tienen las ciudades balnearias fuera de estación.
Pero
lo que en verdad me encanta, es el anochecer y el amanecer en los
campos nuestros; soy un argentino incorregible y nada me gusta más que
esas inmensas llanuras y ese horizonte que aparece en todas partes.
- Usted vio muchos, en sus muchísimos viajes
- Por suerte sí, y encuentro que el hombre más simpático
es el de Holanda. Qué raro es todo allá
¿no? Usted
cree pedir un plato y le traen otro: algo totalmente inesperado (risas) pero
todo me parece muy bueno.
- Apuntaba a cómo influyeron esos viajes en
su literatura
- Bueno, siempre anduve con mi tinta azul
- Quienes viajan mucho, son personas capaces de desprenderse
de su cotidianeidad, pero usted la lleva en su lapicera: escribe en todas partes
- Sí, ejerzo mi cotidianeidad en Holanda, en Madrid, o en Cagnes-Sur-Mer,
donde tengo un departamento en el cual me gustaría quedarme por lo menos
seis meses
¡es tan bello lugar!
- ¿Y cuál es la metáfora de la
gran belleza del mundo?
- Para mí lo es la llanura
sí, sí, creo que sí.
- Parece pleno y sin embargo, según Louis Aragón,
para quienes tienen el gusto por lo absoluto, nada es nunca suficientemente
algo
- Sí, pero para mí la pampa es completamente algo
y me conforma del todo; como es algo esa búsqueda de mí
mismo, del mundo y de la realidad, que significa escribir. Y también,
ese bálsamo que entra por la ventana: el sol (con levedad)
querida,
¿ve ahí la vida?
Febrero 1999
© Copyright Cristina Castello
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