Humorista desde que nació en 1923.
Creó la revista Tía Vicenta
No sea animal. Ría, dice.
Y ríe para ser Humano.
Cuenta Gastón Bachelard que para que las flores fueran más bellas,
en Oriente se les ponía un espejo en el cual se miraban por la noche.
La confianza en su hermosura las alborozaba y florecían más a
prisa. He ahí el poder de la alegría (Cristina Castello)
Alegría. Como la de un avión que
vuelve, con los seres que amamos. Como la de uno que parte, cargado de sueños
nuestros. Como la de dos tazas de café por las mañanas, cuando
el amor no se agostó en la noche ni en el tiempo. Como la de los amigos
que, como el oso, se extienden la patita. Como la del deleite de la ternura.
Como la de ser fraternos. Y dignos. Y buenos. Como la de una hoja de papel,
incitación a la poesía; como la de un pincel, que apremia a trabajar
el lienzo; como la de las teclas del piano, en las yemas de Horowitz, de Martha
Argerich, de Cristian Zimermann, de V. Richter, de Aldo Ciccolini. Como la de
Place Concorde, cuando las hadas de París nos aletean con el espíritu
de la República y del arte.
Y claro que a veces parece que nos tapiaron el cielo, porque también
existe la tristeza. Pero si sentimos con el escritor Enrique Bossero, que su
imagen es la de un tobogán sin niños en medio de una plaza cercada
por el viento, múltiples son -por gracia de Dios- las caras de la alegría.
Por ejemplo, la del vuelo de los pájaros de Jacques Prevert. Pájaros.
Pájaros de los que transportan a los niños, pájaros de
las primeras caricias, pájaros de la maternidad. Alegoría de lo
eterno, despiertan con un himno a la vida. Sus trinos.
La alegría es un relámpago del mundo, un guiño de los ángeles.
Es sed de estar despiertos, gula de luz. Inteligencia para descubrir la vida
en cada sitio donde late; y toda chispa de esperanza como víspera. Es
descubrir un político, aunque sólo sea uno, para quien su imperativo
sea el bien común. Es advertir con cada libro que nos abrasa que en algún
lugar del mundo está o estuvo su autor, con quien compartimos delicias,
visiones. Es saberla sorpresiva: y súbita, de pronto, porque sí,
la alegría. (Pedro Salinas) Y es darnos cuenta cuando ella nos
habita y darle poder para que sea la única dictadura del Mundo. La de
la sonrisa. (Cristina Castello)
- ¿Cuál es el poder de la alegría?
- Algo que nos hace sentir como un dios, por un ratito.
- ¿Cuándo?
- Cuando ayudamos a alguien a que ejerza su posibilidad creadora. (Sin soberbia)
Yo le hice, por suerte, con muchos dibujantes.
- ¿El goce consiste en vivir la vida como ética
y como estética?
- Sí, como ética cuando uno permite -por ejemplo- que alguien
exprese su arte o cuando somos buenos. Y como estética, con el regocijo
ante ciertas bellezas, como la griega. ¿Qué quiere? (Se deleita)
A mí me gusta lo clásico porque es el estilo más despojado
y armonioso.
- Síntesis de belleza, ¿como el David
de Miguel Angel o las obras de Mantegna?
- ¡Sí, y como la Venus de Milo! (No puede con su genio de humorista)
Es la única mujer que no habla hasta por los codos (ríe de su
propia gracia).
- ¿El humor es un guiño de la inteligencia?
- Sí y la risa nos diferencia de los animales, de manera que hay que
decir (se divierte): No sea animal ¡Ríase!
- ¿Se imagina un país loco de alegría?
- ¿Cómo sería?
- Quizás donde nadie muera -o esté triste-
por querer vivir...
- (Pletórico) Sí, como el país que había cuando
yo fundé la G.C.U. (Gente como uno) y nos encontrábamos en los
bares, en Mau-Mau, en Harrods o la confitería París, en
Buenos Aires. Pero ahora hay una invasión de gente, digamos rara, ¿no?
- ¿Los nuevos ricos?
- ¡Sí, sí! Y cuando uno viaja, ve a ciertos argentinos de
los cuáles dan ganas de huir.
- Los que en París gritan: garçon, garçon.
- ¡¡¡Si!!! (Con ímpetu) A diferencia de la gente refinada
-que es discreta- ellos usan corbatas escandalosamente chillonas y se ríen
a destiempo, con carcajadas estrepitosas. ¡Son unos payasos!
- Pero la carcajada -como en Garrick- puede ser una
máscara de la tristeza.
- Sí, y puede ser histeria cuando nos reímos porque nos hacen
cosquillas.
- Nada sabemos de la risa de Cristo pero debe de haber
sido feliz: fue el amor mismo
- (Hace una introspección profunda) No sé, puede haber sido muy
sereno, sin remordimientos y con paz espiritual, pero no sé si fue feliz.
- Bueno, la paz no es poca cosa: es alegría
en silencio...
- Es verdad: la risa más sutil está en la mirada que tiene alegría.
- ¿Y qué es la alegría?
- Es una filosofía de vida, propia de personas inteligentes.
- ¿De dónde nace?
- Es un don para el hombre y (juguetón) una doña, para la mujer.
Bueno, (tentado) ¡basta de hacerme preguntas que excitan mi humor!
- ¿Y si fijamos la tibieza del sol en invierno
como imagen del júbilo?
- ¡Excelente idea! Porque, además, el sol curó mi alergia:
es bueno para la salud, fundamental para la alegría.
- Lo mismo pensó el poeta Ardengo Soffici,
cuando escribió, ya sano, que después de tener su cuerpo licenciado
por la enfermedad no podía creer en la felicidad de vivir.
- Sí, la felicidad es estar vivo. Pero mire: ser infeliz y no darse cuenta,
también debe de ser lindo, ¿no? (ríe).
- ¿Y usted es feliz?
- El noventa y nueve por ciento de los días de mi vida fui feliz, salvo
cuando tuve desgracias familiares o de amigos.
- Pedro Salinas compara la inminencia de la llegada
de la dicha, con un árbol, cuando el aire entra por debajo de sus raíces
y ni siquiera mueve sus hojas. Es la felicidad -dice- está ya cerca,
¿coincide?
- (Pedestre) ¡No! Esa es la felicidad para quien tiene sentido poético,
pero yo soy feliz con jolgorio) y no me entra aire por ningún lado.
- ¿Nunca sintió esa sensación
de víspera?
- (Más pedestre) Nunca. ¿Qué quiere? ¡No tengo poesía!
-¿Qué lugar del mundo le provoca gozo?
- Igual que a mi hija, me gusta Venecia, ¡Ah! No sabe usted cómo
disfruto de esa ciudad, porque es romántica. (No tan pedestre)
- ¿Y qué me dice de las delicias de
la naturaleza?
- ¡Ah! Las noches estrelladas en el campo. Y esa sensación de infinito
(casi sueña, ¿dónde quedó el hombre de los pies
siempre a tierra?) ¡Cuánta hermosura!
- Como la risa de la primavera y la alegría de
la belleza.
- Sí, sí y el goce del renacer de las mujeres, que en septiembre
se ponen más bellas (¿y su pisada tierra? Landrú ya tiene
alas). Y el placer de verles el brillo en los ojos, cuando son amadas.
- Bueno, Dino Campana escribió a su amor: Hay
en tu cuerpo una sombra de esa necesidad que vaga serena e ineluctable por el
alma y la disuelve en júbilo.
- (Alborozado) ¿Ve? Esa es una manifestación de la alegría.
¡Esos sí que son sentimientos fuertes!
- Landrú: usted niega la poesía. Y le
gusta Dino Campana, que es un poeta italiano exquisito y
- (Encontrado en falta, juega) No me diga Landrú.
- ¿Le digo Colombres?
- (Muerto de risa) ¡No!: Cuchi Cuchi.
- Y habla del infinito y de la primavera.
- (Tozudo y juguetón) Sí, porque en primavera duermo la siesta,
y entonces nazco dos veces en el día: renazco. Es la re-re-re (ríe
y ríe, sin sonido, claro).
- Parece un chico.
- (Confidente, habla bajito) Mire, voy a contarle: si hay algo que me gusta
son los trabajos de Walt Disney. Como Sinfonía, con música clásica
y con aquellos dibujitos animados tan lindos. Recuerdo cuando almorcé
en el estudio de Disney, donde también se hacían películas
de aventuras. Estábamos en el comedor y por una puerta entraba María
Antonieta, y por otra Guillermo Tell, y Robin Hood, y Tarzán, ¡y
todos ellos!
- ¿Son su imagen de la dicha?
- ¡Sí, sí! Esa es la alegría en estado puro. Y también
(en tono de confesión) ¡los caramelos colorados! Me desvelan desde
que era chico. Los veo y se me van los ojos; y cuando hay varios al colorado
lo dejo para el final, para conservar el sabor.
- ¿Y qué dejamos para la Oda a
la alegría de Schiller?
- Sí, está bien, pero eso está en música clásica,
para escuchar en silencio.
- Pero existe la danza.
- ¡Ah, sí! Yo no puedo vivir sin bailar. Tanto, que gané
concursos de tango y también bailé foxtrox y charleston. Y en
Puerto Rico aprendí el cha-cha-chá: (canta) El bodeeeguero
y el cha-cha-cha. Y también el merengue, la guaracha; el guapachá,
el guaguancó y la cumbia. Me fascinan los ritmos tropicales, porque son
otro lugar de la alegría
- ¿Cuáles son sus lugares felices en
Buenos Aires?
- El Rosedal y Palermo. Otros no tienen mucha felicidad. Pero, además
(reflexivo) los argentinos somos medio necrófilos, ¿no? Mire que
hacer tan buenos restaurantes frente a La Recoleta, ¡justo frente a un
cementerio!. Pero perdone, ¿por qué estoy hablando de un lugar
de muertos, si usted me pregunta sobre la vida?
-Precisamente. Hay palabras que tienen vida: nido,
libertad, amigo, tibieza, calor, confianza. ¿También para usted?
- Yo pienso más en términos de palabras graciosas y no graciosas.
Graciosas me parecen, por ejemplo, miope y huevo frito (ríe, todavía
le falta lo mejor). Y qué decir de feldespato, un mineral al que bautizaron
sin ninguna justicia; (pícaro) y ni hablar de palabras que parecen poéticas,
como carminativo, pero (está travieso) quiere decir: antiflatulento.
Lástima, ¿no?, carminativo sonaba a amor.
- Al amor, entonces. Y a la alegría de un desayuno
enamorado después de tres, de diez años.
- ¡Claro! La base de eso es el romanticismo. Y esa es la única
verdad: su consideración del amor como la única alegría
verdadera.
- Pero hay personas fóbicas al amor y a la
felicidad. Rara la condición humana, ¿no?
- Muy rara. Porque a quien huye le importa más ser infeliz, que hacer
daño con su abandono a aquel del cual escapa. (Extrañado) ¿Será
que no le importa la bondad? O quizás, ni siquiera se da cuenta de que
el amor es enemigo del malhumor y hasta se priva de la posibilidad de vuelo
que tienen los enamorados.
- Claro que vuelan. Oliverio Girondo escribió
que tenía que atarse a los barrotes de la cama, porque -si no- aparecía
indefectiblemente sobre el techo del ropero.
- Sí, sí, (divertido) pero eso pasa a los veinte años y
después se convierte en cariño.
- No, si persiste la magia y si la persona amada es
geografía e identidad. El amor se renace.
- ¡Eso! Es como un pedazo de uno. Yo me casé hace cincuenta y dos
años y para las bodas de oro le dije a mi mujer: ¿querés
que festejemos con un crucero o con un minuto de silencio? (los ojos le ríen)
- ¿Y eligieron el minuto de silencio?
- ¡No! El crucero. ¡Y allí hicimos el minuto de silencio!
(ríe).
- ¡No dirá ahora que el erotismo es un
calvario!
- No, pero es un refinamiento que bastardeó la televisión. Lo
confunde con el ratoneo y así (serio) no tiene alegría.
- Si le digo manos, horizonte, sexo, trino, ¿Le
suenan al deleite del amor?
- Bueno, eso de sexo es para los de veinte. Pero me gustan las otras palabras.
Porque con las manos se crea. Y el trino de los pájaros representa la
libertad. Y el horizonte es amplitud y luminosidad.
- Me recuerda que Chagall con su pintura, nos abrió
los ojos a la luz.
- Sí, pero las pinturas no me producen alegría: algunas me agobian.
Me gusta el placer del artista, que nació con ese don.
- ¿Los políticos tienen el don de la
alegría?
- ¡No! Y tampoco los grandes nombres de la historia. ¿O usted cree
que los reyes que formaban una corte de enanos para divertirse, eran felices?
¡No, no! Y los políticos, como máximo, a veces tienen sentido
del humor.
- Deme ejemplos, por favor
- El político Alfredo Palacios. Yo lo dibujaba con mulatas y decía
que fue el fundador de Villa Cariño. Y sin embargo, el día que
no salía en (la revista) Tía Vicenta, me llamaba y preguntaba
si él había perdido vigencia. Le gustaba que hiciera chistes con
su persona.
- El humor humaniza y quienes son inteligentes se
dan cuenta.
- Sí, saben que los desacartona. Como el ex-presidente de Argentina,
Arturo Frondizi: tanto escándalo hizo el director del diario El Mundo
porque yo lo había dibujado con la nariz grande y Frondizi estaba contentísimo.
- ¿Y usted se enoja alguna vez?
- No, yo nací alegre y optimista. Soy como ese señor de un chiste
mío, cuya mujer le dijo: querido: "Aquel hombre te dijo estúpido".
Y él contestó: "Hace bien el señor y tiene razón:
soy un estúpido. Y claro, ¿para qué discutir una
verdad?
- Bueno, para defenderse!
- (Convencido) ¡No! Déjeme con mi mundo de caramelos colorados
y con los dibujitos de Disney ¿O alguien tiene el derecho de hacerme
perder la alegría?
© Copyright Cristina Castello
Buenos Aires (Argentina),
Revista Plaza Mayor, 10-02-99
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