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Poeta, recitadora,
periodista
Cristina Castello: El «cristal» con que
se ven todos los colores del arco iris
Sarah Braff / sarahbraff@yahoo.com.ar
Su madre, Rosita Batmalle, decía de ella,
cuando niña, que
era como un cristal, y así la llamaba. Quienes conocen en persona
a Cristina Castello -entre ellos, la autora de estas líneas-
saben que Rosita no se equivocó. Cristina tiene la fragilidad
y la dureza, al mismo tiempo, de los cristales. Es fuerte y débil,
blindada y vulnerable, endemoniada y angelical. Como su poesía,
que acaricia y golpea en un solo acto de amor e insumisión;
como su voz a la hora de recitar (lo propio y lo ajeno), siempre vigorosa,
pero también
siempre resquebrajada por el sentimiento -sea piedad, alegría
o dolor-, que nos contagia hasta el tuétano; como su prosa periodística
(casi poética, por lo demás), llena de puñetazos
contra las realidades miserables de este mundo, que se convierten en
abrazos cuando la vida -en contadas ocasiones, es cierto- permite que
asome un acto de ternura, de amor, de comprensión o de luz.
Esto es sobre todo evidente en sus más de tres mil entrevistas
(para la prensa, la radio o la televisión), un género
del que es maestra, quizá la mejor entrevistadora del país,
y que de hecho enseñó
a docenas de jóvenes estudiantes de periodismo que la admiraron
entonces y la siguen admirando con fervor hoy. Y es que en las entrevistas
Cristina no perdona cuando no hay que perdonar, y en cambio se entrega
mansamente cuando su instinto -sus dotes de «brujita buena»,
como ella misma dice- le dicta que hay que hacerlo así porque
el ser humano que tiene enfrente es eso, un ser humano, rara
avis en medio de la mediocridad y la tontería propias del siglo
de las «máquinas
inteligentes», esas máquina que, según parece, han
dispensado al hombre de la obligación, la responsabilidad y la
dicha (aunque tantas veces se convierta en infelicidad) de pensar.
Ahora esta bella mujer -en cuerpo y espíritu-,
conocida mundialmente gracias a su no menos bella página web
(www.cristinacastello.com), acaba de publicar en papel una selección
de poemas, algunos difundidos ya a través de su propio sitio,
o de miles de «hipervínculos»
que remiten a éste -o por distintas antologías también
impresas-, y otros que aún dormían en la intimidad de
su computadora, a la espera de que alguna circunstancia, alguien, algo,
los despertara y los hiciera volar como los verdaderos pájaros
que son: palomas de paz, águilas de guerra o ruiseñores
de amor, según los destinatarios o los temas. Y este orden de
seres alados es precisamente el que rige de manera tácita la
sucesión
de los títulos, ordenados en tres series (o «movimientos»)
bajo tres austeros números romanos que, al igual que el Oráculo
de Delfos, sugieren, pero no declaran.
De las «palomas de paz»: Música / de tostadas crujidas
/ con dientes de leche / Dicha de cristal al sol / La imaginación
insomne / Duerme con los pájaros / Hilvanes de vuelo. («Rocío»).
De las «águilas de guerra»: La
muerte se maquilla / Se viste Se alboroza / Acaricia guadañas / en dicha de campanas
/ en gula de ojos niños / y hambrienta por vivir / Le organizan
la fiesta / satanes del Poder / La muerte siente víspera / de almas
rocío de cristal / La muerte quiere Imperio / de cosmos y no cosmos.
Servidumbre de muertos / que arrulla su puñal... («Inminencia»).
De los «ruiseñores de amor»: Renacida en vos /
Mi hombre nuevo. / Toda yo te estreno. / Emigraste de tu tierra / De
cumbres y de faros / Y me estrenás de nuevo / Vida. / Inmigraste a mi alma
/ Vacante. / Deshabitada al fin / De la ausencia / Que anidó sustancia
viva. / Ahora / Vos. / Transparente. / Te estreno / Como víspera. («Debut»).
El libro de poemas de que hablamos se llama «Soif» (Sed, en
francés) y ha sido publicado en edición bilingüe (francés-español)
por la editorial de París L’Harmattan, dentro de su colección
Poetes des cinq continents (Poetas de los cinco continentes). Las ilustraciones
son del gran pintor argentino residente en París, Antonio Seguí,
exclusivas para «Soif». En Buenos Aires, se lo puede adquirir
en «Libro Francés», Esmeralda 861 (librofrances@yahoo.com),
o en la librería Paidós, Avenida Santa Fe 1685 (santafe@libreriapaidos.com).
Al estilo de una narradora de la antiquísima
tradición oral,
o de un trovador de la Edad Media, Cristina Castello no había
dejado nada, hasta el momento, a la letra impresa, salvo las ya citadas
antologías
que recogen partes dispersas de su obra. ¿Discreción? ¿Modestia?
¿Intimidad? ¿Necesidad? ¿Azar? Sea lo que fuere,
se trataba de una «injusticia poética», reparada
a tiempo por su contrario, que es, por así decirlo, el acto
de justicia que la Poesía ejerce con todos los poetas de verdad.
Y ella forma parte de esta raza -la de un Baudelaire, un Machado, un
Withman o un Donne-, como su sed, su «Soif», ahora indeleblemente,
lo confirma.
Publicado en «Buenos Aires Times», febrero
de 2005
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