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Destellos
iluminados de la palabra liberada
FRANÇOIS XAVIER
París, 1 de junio de 2004
La pequeña hermana de Rimbaud vive en Buenos
Aires. Es verbo puro. Nombre desnudo de la palabra encantada, lleva consigo
el diamante perdido de la humanidad: el amor. En el torbellino del horror
cotidiano de un mundo enloquecido, Cristina Castello persiste en buscar
la belleza en un estallido de silencio. Salida indemne del diluvio de
oscuridad que se abatió sobre Argentina, en una época en
que los militares creyeron que el ejército tenía un alma,
ella se convirtió en periodista para ayudar a salvar al país
sin dejar de ser la poeta que en cada segundo de vida respira a pleno
pulmón.
Hispanófona de nacimiento pero políglota de vocación,
aquí está presente, en la lengua de Voltaire, con este espléndido
libro de poemas dedicado a la condición humana. André Malraux
la habría acogido con los brazos abiertos, mensajera de una cultura
tan lejana en kilómetros pero tan presente en paralelo de crepúsculos.
Poesía bendita de la lengua universal, el misterio del agua azul
infinita de mar y París, como capital mística, reunidos
aquí bajo la cobertura de un editor del sur con nombre de viento,
y así se cierra el círculo de un poeta al otro con suelas
de viento, ese aire insuflado, precisamente, para pregonar en los senderos
de la vida las esperanzas del corazón de los hombres.
Poeta de miríadas de estrellas en la noche del mundo, Cristina
siembra las pequeñas semillas de un himno dedicado a los justos,
una Novena Sinfonía argentina, milagro de la sintaxis en el flujo
y reflujo de las mareas humanas. Alabemos entonces nuestro tercer milenio,
que nos habrá aportado también este Internet, magnífica
tela de araña donde cada día se tejen los amores del mañana;
espacio de libertad y creatividad donde encontré a la bella argentina
un día de septiembre del año 2003, a la vuelta de un enésimo
vínculo que me impulsó hacia su sitio, extraordinario santuario
de la palabra justa, de la artista inocente apasionada por la justicia
y el amor.
Leamos Sed como un náufrago del desierto ?lo que somos en realidad?
y aprehendamos esta pequeña muerte, que es placer vivo, en la cascada
del poema, en la música de la palabra justa, al ritmo de la puntuación
insolente de verdad. Leamos, leamos y releamos, en la claridad del sol
poniente, el hielo azul del poema cristalizado en páginas blancas.
Leamos la Argentina bajo sus mas bellos atavíos, amémosla
también como el país de Borges, pero desde ahora como el
anclaje de una voz de bronce; Argentina, el país de Cristina Castello.
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